Por qué este libro no se escribió solo, pero tampoco lo escribió una IA
Hace dos años, un estudiante de la primera asignatura de programación me pidió ayuda con su tarea final. Me senté a su lado y le pregunté: "¿Qué te pidió el profesor?". "Hacer un programa que calcule el promedio de N calificaciones y diga quién aprobó". "¿Y ya lo empezaste?". Me miró con expresión incómoda: "La verdad, no. Le pregunté a ChatGPT y me dio el código completo. Lo entregué, saqué 10, pero no entendí nada de lo entregué".
Esa conversación me marcó. No porque el estudiante hubiera hecho algo malo en términos éticos — había cumplido con la tarea y obtenido la calificación máxima. Lo que me marcó fue otra cosa: acababa de graduarse con honores de un programa que no entendía. Y en su lugar habrían estado cientos de estudiantes más en los próximos años, si no hacíamos algo distinto.
La inteligencia artificial generativa llegó a las aulas y a las manos de los estudiantes con la fuerza de un tsunami. Herramientas como GitHub Copilot, ChatGPT, Claude, Gemini y otras pueden generar en segundos código que a un programador junior le tomaría horas. Pueden explicar conceptos, depurar errores, sugerir mejoras, escribir documentación. Son, sin exagerar, la herramienta más poderosa que ha existido jamás para aprender a programar.
Y al mismo tiempo, son la herramienta más peligrosa. Porque quien no sabe qué está pidiendo, acepta lo primero que le dan. Y quien no sabe por qué funciona, no puede arreglarlo cuando falla.
Este libro nació de una pregunta que me hice después de esa conversación con mi estudiante: ¿cómo integro la inteligencia artificial en la enseñanza de la programación sin que se convierta en muleta que atrofie el pensamiento?
Lo que vas a encontrar en estas páginas
Este libro está construido sobre una premisa: la programación es, ante todo, una forma de pensar. Antes de escribir la primera línea de código, hay que entender el problema. Antes de entender el problema, hay que descomponerlo. Antes de descomponerlo, hay que pensar. Y pensar — pensar de verdad, pensar bien — no se puede tercearizar a una máquina.